Il solengo: viejos de otros tiempos

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Hay que tener un toque de sensibilidad. Hay que escuchar sin demasiados reparos. Hay que dejarlos ser. Hay que guardar las armas y no combatir.

Hay que disfrutar a los viejos, hay que sacarles todo lo que tienen encima: sus historias, sus anécdotas, sus miserias, sus virtudes.

Son fascinantes, únicos, distintos. Algunos, no todos, parecen de otro planeta. Porque detestan los celulares, no saben lo que son las redes sociales, se rigen mucho más por el instinto que el resto, son naturales y espontáneos. Entonces, tienen una forma de pensar que remite a otros tiempos, mucho menos influenciada, mucho más natural.

Il solengo, un documental italiano dirigido por Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis que se proyectó en el Bafici 2016, es eso: un fino relato sobre las personas más extraordinarias, un grupo de viejos de un pueblo cercano a Roma que quiere contar una historia.

La historia es la de Il Solengo, el solitario, un supuesto loco que vivía -vive- en alguna parte de esa zona hermosa y tranquila, un ermitaño peligroso y malhumorado, un hombre de las cabernas al que casi todos le inventan un relato, en un lugar en el que el boca en boca funciona a la perfección. El foco se centra en cómo se puede construir una leyenda, un mito, una historia de la que no se sabe si es real o no. Pero, en realidad, lo importante de la película está en estos hombres panzones, jubilados, que están seguros que no puede haber nada más grande que ir a cazar jabalíes al bosque o preparar un puchero mientras toman un buen vino.

Ellos son los que hacen reír por su rusticidad y sencillez. Los que hacen pensar con sus definiciones de libertad y buena vida. Los machistas que parecen tener muy claro cómo se deben distribuir los roles de la vida. Los que tienen las recetas justas para cocinar los mejores platos.

Cuando la película se acerca a un tono poético, con música en off que nada tiene que ver con el relato y se olvida de lo importante, flaquea. Pero después llegan ellos: y la cámara capta momentos que enamoran. Porque ellos son encantadores. Sólo hay que filmarlos. Y se encargan del resto.



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