Los tres conejos de Paul nunca se cansan de tocar el tambor

paul

Ahí viene Paul.

Se lo ve chiquito. Hay demasiada gente, el estadio es demasiado grande.

Pero ahí viene Paul.

Suena A Hard Day’s Night y hay pogo. Las mareas del campo del Estadio Único de La Plata empiezan a chocarse. Los más jóvenes saltan en dirección al escenario. Los más viejos se resignan y retroceden varios metros, como para verlo desde una zona más tranquila.

Ahí viene Paul. Como en casi todos sus recitales en Latinoamérica, recuerda la frase que le quedó grabada de sus clases de español en Liverpool, cuando estaba en la primaria: “Tres conejos en un árbol tocando el tambor. Que sí, que no, así lo he visto yo”.

Ahi viene Paul, que hace llorar a los adolescentes, a las chicas y señoras, a los guapos y sensibles. Si alguien es capaz de resistir Here, There and Everywhere, entonces es probable que caiga con Blackbird. Y, si aguanta esos mazazos, quizás sienta las piernas flojas y la garganta apretada con Yesterday o Golden Slumbers. Pero es difícil que alguien pueda escapar del efecto McCartney.

Ahí viene Paul, con una voz raspada y no del todo resistente, pero va. Emociona por algún tipo de encantamiento sin mucha explicación más que la del toque del que es distinto: en el escenario, un señor de 73 años se mueve como si tuviera 20.

Ahí llega, no se cansa nunca de jugar con el público. Baila, mueve la cola, estira los brazos, hace caras, grita, corre.

Ahí viene Paul, rockero, Beatle, solista: toca casi tres horas y no para ni 30 segundos para tomar un vaso de agua.

Ahí viene, el millonario de dólares y prestigio que parece hacer esto sólo para mantenerse vivo.

Ahí viene el que abarca todo en sus fanáticos: la chica que pronuncia todas las palabras mal, el hombre que no parece hablar en inglés y canta sólo los ritmos, el que llora en todas las canciones, el que sabe todo el repertorio, el papá con la hija, los novios, los amigos, los abuelos con los nietos.

Ahí viene Paul, que, aunque ya parece listo para empezar a tocar en teatros y lugares más chicos, no cede ante su grandeza. Sólo puede presentarse en estadios gigantes que contengan a las multitudes que no quieren perderse nada de él.

Ahí viene Paul, que quiere quedarse a vivir en el escenario: más de 55 mil personas viven un momento extraordinario, pero nadie la pasa mejor que él. Es el que más disfruta de todos.

Ahí viene él, amigo del pasado: un ukelele para arrancar una hermosa versión de Something, homenaje a George, y la tierna Here Today, para su amigo-enemigo más grande de todos.

Ahí viene Paul, que revela el secreto de su juventud. Se mantiene vivo con la gente. Fabrica energía tocando. Mantiene la dosis perfecta de adrenalina y sueños.

Ahí viene Paul, que no parece querer dejar de ser Paul nunca.

Ahí viene Paul y sus conejos: nunca se cansan de tocar el tambor. Y, cuando crean que ya es hora de bajar del árbol y dejar los tambores y las guitarras, entonces no habrá más que el final.

Porque Paul sólo sabe ser Paul.

(# foto Infobae)



There are 8 comments

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  1. ova

    Lukitas, lei tu reseña. Me encanto. Recien acabo d compartirla en la mesa con my family. Tengo un nudo en la garganta y hago fuerza pa’ q no se piante un lagrimon…abrazo. Ova


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