La guerra de los muñecos

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Es difícil no sentir una doble sensación con Buscando a Dory. Por un lado, un disfrute: las imágenes enamoran, se destacan por su calidad, brillan por su nivel de detalle, la historia divierte, los personajes son emblemáticos. Por el otro, una idea de que todo lo que pasa ya se vio, que no hay lugar para la sorpresa, que cuesta mucho más despabilar al asombro.

Es una realidad: la repetición atenta contra la experiencia del espectador, por más extraordinaria que sean las continuaciones. Lo que se guarda en la cabeza después de experimentar una película como las de Pixar suele ser bastante fuerte. Por eso, cuando llega un nuevo film sobre las mismas bases, meterse en el relato es algo complejo, principalmente porque queda anulada la magia de lo nuevo.

Buscando a Dory funciona bien (y aún mucho mejor si se ve y escucha en inglés). Cuenta un relato que atrapa, la mejor aventura del mundo, que no suelta nunca al espectador. Acompaña con una calidad en la imagen que parece imposible de superarse. Suma personajes -Hank- tan entrañables como los que ya se conocían. Tiene una enseñanza (el amor de los padres, las raíces de la educación y la fortaleza de la familia), más o menos simple, aunque mucho menos elaborada que otras. Enamora, hace reír, regala un buen momento.

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¿Pero a qué más puede apuntar? ¿Qué más se puede hacer después de Buscando a Nemo, una película estrenada en 2003 que destruyó con todo lo que se sabía hasta ese momento en el mundo de animación? El modelo Pixar deja claro que las cosas sólo se hacen si tienen calidad. Pero, por otra parte, no se puede darle la espalda a lo evidente: cuando una historia es nueva, como Intensamente, el año pasado, todo se siente mucho más fresco.

Los años dorados de Pixar (del 2007 al 2010 estrenó Ratatouille, Wall E, Up y Toy Story 3) quedaron en la heladera por un tiempo. Después de Buscando a Dory, un éxito de taquilla gigante, se viene un panorama similar: personajes que ya se vieron, mundos que tuvieron su momento, historias que se relacionarán con el pasado. En el 2017, vendrá Cars 3 (inexplicable), en el 2018, Toy Story 4 (un exceso), y en 2019, Los Increíbles 2 (¿para qué?). En el medio se espera un proyecto novedoso, Coco.

“No hacemos una secuela a menos que el director de la original tenga una idea que nos guste y queramos llevarla adelante”, dijo Jim Morris, presidente de Pixar. Y siguió: “Nuestro plan era hacer una original cada año y una secuela cada dos, si surgía la idea para hacerla. Sumando las próximas películas, resulta exactamente eso: 7 secuelas por 21 originales, desde que fuimos adquiridos por Disney [en 2006]. Sólo que no es el orden que habíamos pensado”.

Lo que no termina de decir es que Pixar está sumergido en una guerra de muñecos de la que quizás no salga nunca. Porque, en el 2006, Disney lo compró por 7.400 millones de dólares. Y de eso no se sale.

El mundo del cine demostró en los últimos años que los productos que fueron un éxito pueden volver a romper todo. Sólo hay que darle un tiempo de aire, como para que el público se relaje y, cuando está listo, lo vuelva a consumir. La idea de Buscando a Dory no es sólo artística: Nemo, ese pez naranja tan simpático y fácil de querer, es uno de los muñecos más vendidos de la historia de Disney.

¿Qué queda de lado a cambio de ese éxito económico? Una sensación que no se consigue casi en ningún lado: la idea de que Pixar estaba adelantado al mundo. Que veía las cosas desde arriba y nosotros no éramos más que pequeños mortales a los que no les quedaba otra que esperar un año más por ver una nueva obra maestra.

Hay una evidente “guerra” entre lo artístico y lo comercial. Ingenio y calidad vs. muñecos. Es una guerra sin punto de comparación, una batalla que ni siquiera vale disputar.



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