Conversaciones en un tren de India

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-Lucas, Lucas, Lucas…¿y cuántas veces rezas por día?

-No, no rezo.

-¿Cómo no rezas?

-Claro, no rezo. No tengo religión…

-No, Lucas, no. Cuando llegues a tu casa, agarra una Biblia y reza. Es la única forma, Lucas. Es la única forma.

Nunca hay que quedarse varado en la escalera. Es como una ola que te arrastra. El peso de la valija no te permite maniobrar demasiado. Escalinatas abajo, una marea de gente sube a las corridas, como si los persiguiera algún tipo de diablo. Arriba, una cola larga pero con ritmo para pasar el equipaje a través de los detectores de metales. Sólo queda avanzar.

Todavía no salió el sol y la gran mayoría de la ciudad descansa, pero la estación de Delhi Cantt nunca duerme.

La voz grabada repite una y otra vez los horarios de las partidas en una de las estaciones de trenes más grandes de Delhi. Da la sensación que las 15 millones de personas de la ciudad están esparcidas entre esos andenes, las salas de espera, los puentes que conectan los accesos.

Los andenes son pequeños mundos que no dependen de los de afuera. Los pasajeros que esperan sus trenes suelen ser los actores terciarios. El asfalto completamente roto hace de cama para varios de los que viven ahí. Por la noche, hay que ir esquivando cuerpos que no suelen inmutarse si reciben un golpecito de las rueditas de alguna valija. Es lo de menos.

Es el paraíso de las ratas. Porque las vías sirven para todo: son el baño de los vecinos del lugar y el basurero de los trabajadores y pasajeros. Una mujer toma a su hijo de la parte de abajo de las rodillas y lo cuelga. Él, obediente, caga en el medio de la estación. Muy cerca, uno de los empleados de los locales de comida al paso tira un balde al piso con su propio meo.

Las ratas ni siquiera se esconden. Conviven entre la mugre y se dejan ver. Son tan dueñas del lugar como cualquiera. Corretean sobre montañas de basura.

Llega el tren. Todavía no dejó de moverse pero los que están arriba empiezan a tirarse para descender y los que están abajo se sambuyen como si estuvieran por meterse a una pileta. Desesperación. Los que tienen un boleto para las clases más bajas del tren (de un costo no mayor a 20 centavos de dólar) necesitan entrar al vagón como sea. Una vez adentro, arreglarse para respirar. No mucho más. Uno arriba del otro. Bicicletas destartaladas sobre la gente, vacas, cabras.

No es el boleto más caro, tampoco el peor. El vagón tiene compartimentos: en cada uno hay dos bancos enfrentados con espacio para tres personas en cada uno. Arriba, literas para dormir o dejar el equipaje, no termina de quedar claro. Las ventanillas tienen rejas, como para que nadie pueda escapar o meterse desde ahí. En esos vagones, el polvo mantiene una fiesta infinita sobrevolando las cabezas de los pasajeros. Cada vez que entra un rayo de luz, se ve. Polvo. Polvo en todos lados.

Me toca el pasillo. A mi derecha está Abdul. Un musulmán vestido con una túnica gris que le llega hasta las rodillas, un pantalón blanco, un gorro que le cubre sólo una parte de la cabeza y alpargatas marrones. Enfrente una pareja de hindúes. Ella, unos 45 años, tiene un sari violeta. Él, bastante más grande, usa una camisa, pantalón largo y zapatos negros.

-Soy Abdúl, soy musulmán. ¿Y vos?

-Hola, soy Lucas.

-¿Musulmán?

-No, no soy musulmán.

Abdul y el hombre que tenemos enfrente no parecen quererse demasiado. Cuando hablan en indio, seguramente sobre mí, el tono es alto y no del todo agradable. Cuando el musulmán me ofrece comida, el hindú mueve la cabeza para los costados como para que no la acepte. Cuando el hindú pide que le muestre mi pasaporte, el musulmán me aconseja con su mirada que no le ceda el documento.

Es una pequeña batalla de religiones con un invitado completamente imparcial, casi ignorante: yo.

Hago todo lo que me piden, salvo aceptar mezclar el chapati (una especie de tortilla) con una salsa que la pareja hindú guarda en una bolsa de plástico transparente.

El tren sale de Delhi y pasa por Agra, ciudad del famoso Taj Mahal. Pero la pareja hindú y el joven musulmán van mucho más lejos, tendrán al menos seis horas de viaje. Por eso cargan con tanta comida encima. Parecen disfrutarlo.

Los vendedores ambulantes no paran de subir y bajar de los vagones. En cada estación, uno nuevo. Los más populares son los de té (“¡Chai! ¡Chai! ¡Chai!”). Nunca van a tener vergüenza de correr las cortinas rojas que sirven para darle algo más de privacidad a los compartimentos. Ellos miran todo lo que pasa (no mucho más que personas mirando el paisaje por la ventana, en general) y preguntan: ¿chai?

El hindú compra un té, se levanta y parte a hablar con algunos hombres que están sentados muy cerca. Disperso.

Los hindúes y el musulmán estuvieron el fin de semana en la capital de India para asistir al evento multireligioso de Ravi Shankar, probablemente el gurú más popular y adorado del mundo. A su alrededor se reunieron millones de personas para celebrar la diversidad. Por un fin de semana, Delhi fue una locura mayor a la habitual.

Hace demasiado calor, pero la señora hindú pide que se apaguen los ventiladores de techo. Nadie pone en duda nada. Ya no corre aire y los olores de las comidas de los pasajeros empiezan a mezclarse.

Más que una conversación, es un cuestionario. Abdul se pega a mi hombro derecho. Transpira. Come. Me ofrece banana frita, budín y pan. No estoy dispuesto a rechazar nada. A diferencia de nuestro amigo hindú, que larga interminables frases en indio como si fuera mi obligación entenderlas, Abdul sabe algunas palabras en inglés, se hace entender. Cuando presiente que ya no puede expresar su idea repite la frase: “No more words”. No le interesa dormir, no muestra intención de mirar el paisaje. Sólo quiere exprimirme todo lo que pueda.

-¿De dónde sos, Lucas?

-De Argentina.

-¿Messi, Lucas? ¿Messi?

-Sí, Messi.

-Oh, Messi. Argentina, Lucas. ¿Argentina en Estados Unidos?

-No, en Estados Unidos no. Es parte de América, pero en el sur…

-¿Cricket, Lucas?

-No, cricket, no. No hay cricket en Argentina.

-¿No cricket, Lucas? ¿No cricket?

-No, no cricket- se ríe y aplaude. Parece resultarle divertido que dentro de mi mundo no existe algo tan bueno y popular como el cricket. En la India, el cricket es todo. Para Abdul, que trabaja en un campo de algún pueblo, que una persona no sepa nada de su deporte es tan grosero como que no rece.

Abdul se divierte.

“¡Sachin Tendulkar! ¡Sachin Tendulkar!”

El hindú no puede aguantar que no sepa de cricket. Interviene.

-¿Tenés para anotar?-me pregunta.

-Sí, claro-le doy mi libreta.

“Sachin Tendulkar. Indian famous crick player. Indian people are putting in the height of God and loving very much. Now he is the member of Parlament of India. No one equals Sachin Tendulkar in cricket”. 

-Sachin Tendulkar.

Y asiente.

 

-¿Musulmanes en Argentina, Lucas? ¿Muchos musulmanes en Argentina?

-No, pocos musulmanes. Muchos católicos.

-¿No hay musulmanes, Lucas?

-Muy pocos. Católicos.

-¿Católicos? Ah, sí, Jesús, sí. Me gusta Jesús. Para ustedes, Jesús es un dios. Para mí, un profeta. Es uno de mis mensajeros favoritos.

Abdul se arremanga y, con paciencia, explica: “Los profetas son enviados de Dios, Lucas. Ellos nos ayudan a entender que sólo hay un Dios”.

El hindú no se quiere quedar afuera de la conversación. Como puede, lanza sus preguntas. Su mujer terminó de sacar la comida que había en un bolso de mimbre, tiró la basura por la ventana, se acostó y ocupó todo el lugar de los asientos. A Abdul no le gusta ninguna de las preguntas del hindú, pero espera mi respuesta con los ojos bien abiertos.

-¿Cuánto ganas en tu país?

-Eh…

No tengo idea qué decir.

-¿1000 dólares por mes?

-Ah, sí. Yo gano más-responde el viejo hindú. Ahora, en indio, parece estar explicando de qué trabaja.

Me escucha y, cuando termino de hablar, le traduce a su mujer al oído. Los dos se ríen ante casi todas mis respuestas. ¿Se burlan?

-¿Cuánto te salió venir?

-Eh…

-¿Muy caro?

-Sí, muy caro. Tardé un día en llegar en avión.

-¿Ya te estafaron en India?

-Sí, ya me estafaron, pero nada grave.

tren2-Lucas…Lucas…¿ves videos de Bruce Lee?-pregunta Abdul.

-¿Bruce Lee? ¡Sí, Bruce Lee! ¡¿Karate?!

-Sí, Lucas, karate. ¡Jackie Chan!

-Sí, Jackie Chan también.

-Rocky Balboa…Arnold Schwarzenegger (“Yorsiner”)…Lucas, ¿crees en la astrología?

-Eh…no.

Abdul, que dice que trabaja en el campo con su familia, relaciona todo con la religión. Le importan Messi y sus grandes figuras de Hollywood, pero siempre vuelve a lo mismo.

-Lucas, ¿por qué hay pocos musulmanes en Argentina?

-Porque hay muchos católicos, Abdul.

-¿Y vos, Lucas? Lucas…¿no rezas?

-No, no rezo.

Su cara se transforma y, al fin, se separa unos centímetros de mí. No tiene ganas de disimular ni ser precavido. Pretende hacerme saber que estoy perdido, que mi vida no tiene sentido, que necesito cambiar.

-Lucas, sin religión, nada. Sin Dios, nada. Sin rezar, nada.

Quedan unos quince minutos para llegar. Abdul sabe que no me queda demasiado en el tren. No tiene vergüenza. Está decidido a ser mi profeta fugaz.

-Lucas, católico está bien, Lucas. Toma una biblia y a la Iglesia…Una biblia, Lucas, por favor…

Pero, pese a sus esfuerzos, Abdul parecía estar seguro que ya no tenía salvación. Antes de bajarme, le pedí una foto. No quiso sonreír.

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