Mayhem

Chandni-Chowk-in-a-Walk1

(#Mayhem: una situación en la que hay muy poco o nada de control; estado de ruidoso desorden)

Ellos esperan.

Están tirados en el piso, justo abajo de una pequeña barra de un restaurante que da a la calle. Algunos, con la cola apoyada, más o menos erguidos. Otros, despatarrados como si flotaran sobre un cómodo colchón. Pero, en realidad, la superficie es tan hostil como todo lo que hay alrededor. Piedra, cemento ardiente, barro. La vista siempre hacia arriba, como si el cielo fuera el responsable de alimentarlos. Descalzos, con algunos trapos que les cubren sólo una parte del cuerpo. Las caras, desfiguradas, fuera de lugar, como si todo el tiempo estuvieran viendo algo demasiado difícil de tolerar, impresionados.

Ellos esperan.

Esperan que cada tanto caigan migajas de chapati. A veces, un pedazo de carne. Otras, alguna rodaja de pan. Justo debajo de la mesa, a la espera de un pequeño milagro. Son grupos de hombres de entre 25 y 40 años desesperados por no morir de hambre.

Todo es al paso. La mayoría de los clientes ordenan, comen parados, dejan un par de monedas en la mesa y parten. A los que están en el piso ni los miran. Son invisibles. En esos momentos en los que el mozo retira los platos, ellos dejan de esperar. Y se mueven. El que está al lado, ahora, no es más que un competidor. El que come, puede seguir. El que no, queda afuera. Entonces, se sambuyen unos arriba de otros. Extienden los brazos para cazar algún pedazo de algo desde el aire. O rastrean con la mano por algún resto que haya quedado perdido en el piso.

No les interesa pasar desapercibidos. Gritan, parecen insultarse entre sí, piden monedas a la gente que pasa por esa zona. Pretenden sobrevivir como sea.

¿A quién le puede importar? En Chandni Chowk, uno de los barrios más históricos y populares de Nueva Delhi, hay una carrera de supervivencia en la que no se puede mirar al costado.

Alrededor de esa barra de la que cada tanto cae algo de comida, de la que dependen para no morir de hambre unas diez personas, hay un mundo que parece necesitar del caos para poder funcionar.

En las callecitas de Nueva Delhi, donde viven casi 15 millones de personas y casi nunca hace menos de 30 grados, hay caminos curvos preparados para hacer perder a cualquier novato. No tienen veredas y en cada costado del pavimento hay negocios. Panaderías. Cerrajerías. Peluquerías. Casas de celulares. Bares. Heladerías. Carnicerías. En el medio, lo que sea: vacas raquíticas dispuestas a correr a algún desprevenido. Monos repletos de pulgas preparados para robarse aunque sea una Coca. Vendedores ambulantes que acomodan sus carros en cualquier rincón. Motos que sólo parecen acelerar bajo el sonido de la bocina. Bicicletas que no esperan a nadie.

A lo lejos se escucha la música que reproducen los altoparlantes de Jama Masjid, una de las mezquitas más populares de India, sobre una escalinata desde donde se puede ver parte de la ciudad. En la puerta, una montaña de zapatillas, zapatos y alpargatas espera por sus dueños. Al lado, un cuidador pugna por una recompensa. Adentro, los dueños hacen su recorrida habitual. Sus rezos musulmanes en un país hinduista. Desde arriba, la ciudad: mercados, negocios, tiendas. Al aire libre, con lonas de plástico, con aire acondicionado.

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De las carnicerías hay que pasar rápido porque cada dos por tres los empleados sacan a las gallinas de las jaulas y, en mesas de madera de la calle, les cortan la cabeza con un cuchillo gigante. ¡SAC! Lo último que se escucha del animal: un pequeño grito de agonía que se mezcla con el movimiento de su cuerpo. Las alas que chocan una y otra vez, desesperadas por despegar. La sangre vuela por todos lados. Tiñe las paredes, rocea el piso, mancha al que pase por ahí cerca. Al lado de las jaulas de las gallinas están los canastos de cabras. Como si fueran pelotas de básquet de alguna tienda deportiva, se acumulan una arriba de la otra, con los ojos bien abiertos y las paletas más afuera de la boca que nunca. Los pedazos de carne (nunca de vaca, nunca) cuelgan sobre las paredes de afuera como si fueran vestidos carísimos o el último modelo de zapatos a la moda. Las moscas, de fiesta.

A ningún vendedor de comida ambulante se le ocurriría tirar mercadería. Sobre ollas que se mantienen al fuego todo lo posible, el arroz pasa de blanco a negro, el chapati siempre está calentito y las salsas nunca se enfrían. El olor de las especies -curry, masala, cúrcuma- vuelan por todo el barrio, impregnan los espacios.

Los conductores de rickshaws están dispuestos a todo. Jamás le dirán a un turista cómo ir hacia una dirección. Sólo golpearán el asiento como para que suba a su bicicleta: “With me, with me, with me. 5 rupies. 5 rupies”. Manejan como si no hubiera nada alrededor. Tocan el timbrecito todo el tiempo, nunca paran. Cuando terminan el viaje, piden más plata de la que habían reclamado. “10 rupies. 10 rupies”. ¿Y cómo negociar? Si sobre la calle no paran de circular motos con conductores dispuestos a todo, autos que desafían los límites del espacio, vacas que pretenden instalarse en un nuevo basural. ¿Y cómo negociar? Si ese es su lugar, su ambiente, su casa. Es Mayhem, un reino sin reyes ni reglas donde casi siempre es mejor no frenar.

Seguir como si el caos y la locura fueran la esencia de todo.



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