The Night Of: la defensa de los marginados

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El hijo ideal. En la universidad, de los mejores promedios. La ayuda necesaria en el negocio familiar. Nunca un problema, nunca un conflicto, nunca una escena. Naz estaba destinado a dar el salto de los Khan. Ser profesional, cosechar prestigio, elevar el nivel económico.

Tiene la mirada perdida en algún pasillo infinito y oscuro. La cabeza, rapada. El cuerpo inflado por los fierros. Los ojos desorbitados. Naz ya no es el chico bueno, es el hombre que sobrevivió.

En Making a Murderer, el relato no tenía vergüenza: Steven Avery no era culpable del crimen del que se lo acusaba. En American Crime Story, el golpe fue sin anestesia: O.J. Simpson no sólo era el hombre que mató a su exmujer y al amigo que estaba con ella, sino también la figura que abandonó sus orígenes, trató mal a su círculo y se volvió un cobarde.

Pero, en The Night Of, el punto de vista es tan sutil y perfecto que no se sabe qué pensar. ¿Quién es Nasir Khan? ¿Un asesino? ¿Un buen chico que se salió de control? ¿Un farsante? ¿Una víctima? Esa posición de cómo contar la historia genera un quiebre y se diferencia del resto de los productos que en el último tiempo decidieron poner la lupa en los procesos judiciales de Estados Unidos. En esta serie, no hay lugar para malos, buenos, héroes ni villanos. Hay hechos y consecuencias, grises y oscuras, tristes y divertidas. Por eso es tan buena.

Naz quería ir a una fiesta. Sentirse, aunque sea por un rato, algo popular. Estar rodeado de mujeres que estén buenas, por más que no tuviera chances con ninguna. Le sacó el taxi a su papá porque no tenía dudas: ir a Manhattan, tomar unos tragos, bailar y volver. Pero todo salió mal. En el medio del camino, una chica se subió al auto. Él nunca llegó a la fiesta, sí a la casa de ella.

El primer capítulo de The Night Of, una de las grandes apuestas del 2016 de HBO, es una obra maestra de la dirección y el guión (Richard Price y Steven Zaillian). Juega con un aire de permanente suspenso, de adrenalina pura. Consigue momentos perfectos, de alta intensidad.

El relato se empieza a diversificar. Por un lado, el proceso judicial. Todo toma su tiempo, todo tiene que ver con los costos (económicos, pero también sociales y políticos), todo se rige bajo un sistema que está lejos de alcanzar un grado respetable de justicia.

A Naz lo representa Jack Stone (John Turturro, que el dios de la actuación lo tenga en la gloria), el abogado ideal para el caso. ¿Por qué? Porque los dos saben lo que es ser marginado. Los dos conocen de la discriminación. Los dos entienden lo que es vivir en un mundo que los mira de reojo (Naz, de una familia musulmana, acusado de terrorista cada dos por tres; Jack, siempre en chancletas por problemas de alergia en los pies, parece condenado a sacar de la cárcel a prostitutas y ladrones sin mucha inspiración).

Todo resulta sutil y elegante. The Night Of apunta a una Nueva York oscura, alejada de las luces que generan las grandes torres, cercana a la suciedad de los pasillos, de los barrios de las comunidades (chinos, musulmanes, judíos), de la comida barata. Esa mirada de la ciudad la aporta el personaje de Turturro (se encargó del papel que iba a tomar James Gandolfini antes de morir), que camina por todos lados, pregunta, escarba. Es un abogado de la calle.

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Los jurados, el juez y la fiscal tienen tiempos diferentes. Mientras se desarrolla el juicio (que apunta a una evidente negligencia policial, entre otras cosas), la familia Khan empieza a sufrir las presiones de una sociedad que no necesita de ellos, mientras Naz sobrevive en la cárcel. En pocas horas se da cuenta: para aguantar, hay que ser malo. Las ganas de vivir, entonces, lo llevan a estar dispuesto a todo. La relación con uno de los capos de la cárcel (interpretado por el histórico Michael Kenneth Williams, actor de Omar, uno de los grandes personajes de The Wire) se vuelve una necesidad. Su cambio -de joven inocente a hombre peligroso- es fascinante.

La serie, de ocho capítulos de alrededor de una hora, no es perfecta porque, a pesar de que el ritmo es lento y pausado, no se toma un poco más de tiempo para contar algunos aspectos fundamentales. El primero: la relación de la abogada joven india con Naz. Lo segundo: la reacción de la mamá con respecto a Naz. ¿Qué pasa cuando una madre pierde las esperanzas sobre su hijo? ¿Cómo se sigue después de eso?

No hay grandes dudas ni gigantes respuestas. El punto de vista muestra las diferentes historias de los personajes como si no tuviera más información que eso que se ve. Naz pasa de ser el joven adorado al posible asesino. Su aspecto, su historia, su cara no lo ayudan para nada. Mucho menos a Jack, que explota de nervios ante tanta presión. Se entienden bien porque son dos marginados, dos a los que les dieron la espalda muchas veces. Dos que necesitan volver a creer.



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